Letonia Repúblicas Bálticas

Letonia (IX). Vacaciones de miedo en la prisión de Karosta

15 octubre, 2015

El distrito de Karosta es un barrio fantasma a unos 4 kilómetros del centro de Liepāja. Pero no por estar deshabitado, porque vimos gente que vive allí, sino porque es bastante tétrico: la mitad de las casas son angostos bloques soviéticos abandonados y medio derruidos, y la otra mitad están habitadas aunque su aspecto no es mucho mejor.

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En este poco amigable distrito encontramos la preciosa Catedral marítima de San Nicolás. Un templo con cúpulas de bulbos dorados que crea un llamativo contraste con la arquitectura soviética de los bloques de edificios que hay a su alrededor. Data de 1901 y tras su saqueo durante la I Guerra Mundial, comenzó a utilizarse como cine. Hasta que en la década de los 90 decidieron restaurarla y devolverla a su actividad religiosa.

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Aquí encontramos la prisión de Karosta, que aunque fue diseñada en el año 1900 con la idea de albergar un hospital, antes de estar terminada la convirtieron en un cárcel. Fue utilizada por todos los regímenes políticos que han pasado por Letonia: desde la autocracia de la Rusia zarista pasando por la Alemania nazi, el comunismo soviético e incluso la actual democracia letona, pues la prisión de Karosta estuvo activa hasta 1997. Es una cárcel que puede presumir de haber funcionado de forma inexpugnable, puesto que ningún recluso logró jamás escapar de ella.

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Hacen visitas guiadas diarias donde cuentan la historia de la cárcel y te hacen sentir como un verdadero prisionero de Karosta. Y aunque todo lo que sucedió en el interior de esta cárcel es un gran secreto, a lo largo de los 40 minutos de visita nos explicaron que allí no se mataba a nadie, solo se les castigaba con trabajos y en celdas de aislamiento. La estancia máxima en la cárcel era de 28 días y solo tenían derecho a ir al baño dos veces al día y a dormir 6 horas.

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Una de sus obligaciones era leer durante una hora en vilo, es decir, en cuclillas con la espalda apoyada en la pared. Este «ejercicio» nos obligaron a hacerlo y lo cierto es que ¡duele! También nos metieron en la celda de castigo durante unos minutos (que se nos hicieron eternos) para que sintiésemos lo que era estar en la oscuridad más absoluta. Nos contaron que acababas ahí si, por ejemplo, estabas en una posición incorrecta, como con las manos en los bolsillos.

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Pasa la noche en la prisión de Karosta

Pero sin lugar a dudas, lo más llamativo de la prisión de Karosta es que puedes pernoctar en ella y sentirte como un verdadero recluso. Y aunque hoy en día, gracias a Dios, no es más que un teatrillo, a los huéspedes-prisioneros se les despoja de su equipaje (solo les dejan el cepillo de dientes) y se les obliga a ponerse de rodillas y con las manos en la cabeza a lo largo de un lúgubre y frío pasillo.

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El protocolo que siguen estos morbosos huéspedes sigue a rajatabla el establecido en los años 80: reconocimiento médico, fotografía con tu número de preso, abuso verbal, alimentación a base de un mendrugo de pan y té, e inodoros consistentes en un agujero en el suelo.

El objetivo de estas experiencias «extremas»es que sean lo más realistas posibles. Por eso si se ordena apagar las luces o guardar silencio, hay que obedecer sin rechistar. De lo contrario, te meterán en la celda de castigo en la más absoluta oscuridad durante al menos 5 minutos.

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Si «te apetece» sentir en tus propias carnes el desprecio y las vejaciones de los carceleros sin tener que pasar una noche de miedo, existen realities shows que saciarán tus ganas de masoquismo bajo cita previa. De esto nos enteramos cuando ya estábamos allí y no había hueco, así que nos conformamos con la visita guiada y sus pequeños castigos.

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*Os recomendamos que no perdáis ningún detalle de nuestra ruta por las Repúblicas Bálticas

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