Lituania Repúblicas Bálticas

Lituania (IV). Colina de las Brujas en el Istmo de Curlandia

29 julio, 2015

El Parque Nacional del Istmo de Curlandia es una lengua de arena que sube desde Kaliningrado (Rusia) y casi, casi finaliza en Lituania. Es una península de aproximadamente 90 kilómetros de los que algo más 50 kilómetros pertenecen al país báltico y el resto es territorio ruso, terreno que no se puede pisar sin el visado pertinente.

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El Istmo de Curlandia es una zona agreste y sin urbanizar. Un 70% de su territorio está formado por pinares donde habitan jabalíes, ciervos y alces; un 25% lo forman las dunas, y un 5% corresponde a Neringa, la zona urbanizada que está formada por cuatro pueblos: Juodkranté, Pervalka y Preila y Nida.

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La única forma de llegar al istmo es en ferry desde Klaipeda, pues no existen puentes que unan el continente con la lengua de arena. El coste del ferry (año 2013) fue de 42,9 ltl ida y vuelta y al entrar con el coche en un parque nacional, nos cobraron 20 ltl más. No es necesario cruzar con el coche, ya que allí hay autobuses que recorren los principales puntos del istmo, taxis e incluso se pueden alquilar bicicletas. Todo el istmo tiene carril bici, de Norte a Sur,  los senderos y bosques que vas encontrando por el camino, hacen la excursión de lo más apetecible. Nuestra idea era esa, dejar el coche el Klaipeda, pasar una noche en Curlandoa y alquilar una bici dos días. Pero al final se nos echó el tiempo encima y no pudimos hacerlo.

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Qué ver en el Istmo de Curlandia

Lo primero que hicimos fue bajar hasta Nida, que está a 3 kilómetros de la frontera con Kaliningrado. Sabíamos que era el pueblo más turístico del istmo, pero terminamos de comprobarlo por la masificación de coches que había. ¡No cabía ni un alfiler! Este pueblo además es famoso por su duna Parnidis, un montículo de arena de 52 metros de altura con unas estupendas vistas de dunas ondulantes que se adentran en territorio ruso. Para llegar hasta ella, hay atravesar un espeso pinar por un camino de 2 kilómetros hasta llegar a unas empinadas escaleras que te suben a lo alto de la duna.

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Nuestro siguiente objetivo era volver a bañarnos en aguas bálticas. Aunque la playa del Istmo de Curlandia se extiende a lo largo de más de kilómetros, solo existen unas cinco entradas oficiales en la zona lituana. Tres de ellas están en Nida y como estaban abarrotadas, decidimos subir un poco hasta Preila donde aparcamos sin problemas y pasamos 3 largas horas tirados en la playa y disfrutando de su finísima arena blanca.

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Hice amago de bañarme, pero me fue totalmente imposible. Al ser mar abierto, el agua estaba heladita y cristalina, se veía perfectamente el fondo. Ni punto de comparación a lo que encontramos en Jürmala, donde sí me bañé porque al ser un golfo el agua estaba más calentita aunque menos apetecible visualmente.

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Después del chapuzón de Pablo y de mi amago, decidimos salir a dar una vuelta por el pueblito, pero no encontramos nada más que un  bar. Así que fuimos hasta Juodkranté, un pueblo pesquero al norte del istmo, donde está la colina de las Brujas.

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Escenario de cuentos de hadas, brujas, maldiciones y leyendas, la colina de las Brujas es un lugar muy interesante de visitar que teletransporta al visitante en un viaje a través de las leyendas e historias más populares de la cultura lituana. Este sendero escondido en el bosque está abierto al público y está salpicado por unas 80 tallas de madera esculpidas por artesanos locales desde la década de los 70 hasta hoy.

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Cada escultura, hecha a mano con mucho mimo y dedicación, representa a un personaje del folclore de Juodkrante. Muchas de ellas son simples tallas pero otras son divertidos y originales columpios donde pasar un buen rato, da igual la edad que tengas. La colina de las Brujas se ha convertido en el lugar de referencia para las celebraciones del solsticio de verano, en la que los lituanos se reúnen para hacer rituales, cánticos y bailes. Muy similar a lo que hacemos nosotros en la Noche de San Juan.

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Juodkrante nos gustó mucho más que Nida. Quizá por sus casitas de colores o porque parecía menos masificado y más auténtico. Hubo algo que nos llamó mucho la atención y es que de muchas de esas casitas colgaban unos pescados secos de las ventanas. Creo que se llama Zuvis y lo cierto es que tenían una pinta asquerosa. No me quedé con ninguna gana de probarlo, la verdad.

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Cogimos el ferry de vuelta a Klaipeda con la intención de darle una oportunidad y encontrar un lugar apetecible para la cena. Pero nada, que no hubo forma. No sé si es porque solo vimos la ciudad de noche y muy desangelada, porque nos alojamos en la casa del terror o porque como sabíamos que no íbamos a pasar allí más del tiempo estrictamente necesario, no le pusimos ningún interés. El caso es que Klaipeda no mola nada y si alguien me quiere convencer de lo contrario, seré todo ojos para leer vuestras sugerencias y ver vuestras bonitas fotos de esta ciudad portuaria.

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*Os recomendamos que no perdáis ningún detalle de nuestra ruta por las Repúblicas Bálticas

2 Comments

  • Reply
    Kate de Viajamos Juntos
    22 octubre, 2019 at 17:39

    Menos mal, Marta, que no encontré este post antes de nuestro viaje por Países Bálticos y sí que le dedicamos tiempo a Klaipeda, más bien, a su casco histórico. La ciudad nos gustó tanto que en vez de quedarnos una noche, fueron dos. Tengo recuerdos muy tiernos de vinos calientes en la plaza central con mercadillo de Navidad, conciertos y shows de luces. Creo que tenéis que volver en invierno, hay mucha menos gente, así que igual no te agobiarías tanto y lo verías todo con más cariño. ¡Besitos!

    • Reply
      Marta Aguilera
      22 octubre, 2019 at 17:45

      Jajajaja, pues es que además recuerdo perfectamente que era mi cumpleaños y acabamos cenando en un mc donalds! Un desastre… y nos alojamos en la casa del miedo, además. No tengo buen recuerdo de ese lugar, la verdad, jejeje. Si volvemos por allí, os preguntaré para que me asesoréis! 🙂

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